Juan XXIII: el “papa de transición” que abrió una nueva etapa en la Iglesia

Anáhuac Online

Tenía 76 años. Su edad alimentó la idea de que sería un pontífice de transición: un gobierno breve después del largo pontificado de Pío XII. La historia tomó otro rumbo. Aquel hombre de trato sencillo puso en marcha el Concilio Vaticano II, uno de los acontecimientos decisivos para comprender la Iglesia contemporánea.


¿Quién era Angelo Giuseppe Roncalli?

Roncalli nació el 25 de noviembre de 1881 en Sotto il Monte, cerca de Bérgamo, Italia. Fue ordenado sacerdote en 1904 y su vida transcurrió entre la formación, el trabajo pastoral y el servicio diplomático. Durante la Primera Guerra Mundial atendió a soldados como personal sanitario y capellán. Más adelante representó a la Santa Sede en Bulgaria, Turquía y Grecia, y fue nuncio en Francia antes de convertirse en patriarca de Venecia.


Ese recorrido le permitió conocer realidades muy distintas. Trató con cristianos de otras confesiones, con musulmanes y con personas afectadas por la guerra. Durante la persecución nazi ayudó a salvar a judíos mediante las gestiones de la Delegación Apostólica. Su disposición al diálogo tenía detrás años de encuentros concretos, dificultades y responsabilidades.


Al llegar al pontificado conservó esa cercanía. Visitaba enfermos y presos, y su manera de relacionarse con las personas le ganó el nombre de “papa bueno”. La expresión recoge algo verdadero, aunque puede quedarse corta: junto a su bondad había una considerable capacidad para tomar decisiones.



La historia del “papa de transición”

La expresión “papa de transición” recoge la expectativa de algunos medios de comunicación en torno a la suposición de un pontificado breve, asociada a la edad de Juan XXIII. Sin embargo, no debe confundirse con un propósito compartido por todos los cardenales que lo eligieron: no podemos atribuirles una misma intención.


El 25 de enero de 1959, menos de tres meses después de su elección, Juan XXIII anunció su intención de convocar un concilio ecuménico. La iniciativa tenía un alcance extraordinario: reunir a los obispos del mundo para abordar la misión de la Iglesia ante los desafíos de su tiempo.


El sentido de esta renovación quedó expresado en su discurso de apertura del Concilio, en 1962. Juan XXIII distinguió entre el contenido de la fe y la manera de comunicarlo. Su propuesta era conservar íntegra la doctrina y presentarla de modo que pudiera ser comprendida por las personas de su época.

 


¿Qué fue el Concilio Vaticano II?

Un concilio ecuménico es una asamblea de los obispos de la Iglesia universal, reunidos bajo la autoridad del papa, para tratar cuestiones de fe, vida cristiana y misión. Sus enseñanzas forman parte del magisterio, es decir, del servicio de enseñanza que la Iglesia ejerce por medio del papa y de los obispos en comunión con él.


El Vaticano II fue el vigésimo primer concilio ecuménico de la Iglesia católica. Juan XXIII lo inauguró el 11 de octubre de 1962. Murió el 3 de junio de 1963, cuando solo se había celebrado el primer periodo de sesiones. Pablo VI decidió continuarlo y lo clausuró el 8 de diciembre de 1965. Por tanto, su realización une la iniciativa de Juan XXIII, la conducción posterior de Pablo VI y el trabajo colectivo de los padres conciliares.


El Concilio produjo dieciséis documentos: cuatro constituciones, nueve decretos y tres declaraciones. Abordó la liturgia, la naturaleza de la Iglesia, la revelación, la misión de los laicos, la libertad religiosa y las relaciones con el mundo contemporáneo, entre otros asuntos.


Detrás de esos temas había una preocupación pastoral muy concreta: ¿cómo anunciar el Evangelio de manera comprensible en una sociedad que estaba cambiando profundamente?



Renovarse desde la propia fe

Una palabra suele acompañar la memoria de Juan XXIII: aggiornamento, que puede traducirse como “puesta al día”. En el contexto del Concilio, expresaba la necesidad de renovar la vida eclesial y la manera de comunicar la fe.


En su discurso inaugural, el papa distinguió entre el depósito de la fe y el modo de formularlo. Quería que la doctrina se conservara y se expusiera de manera eficaz, atendiendo a las condiciones del presente. También propuso privilegiar la misericordia en la relación con las personas y cuestionó las miradas que solo encontraban decadencia en el mundo contemporáneo.


Eso ayuda a entender su condición de reformador. Juan XXIII comprendía que la Iglesia necesitaba escuchar las preguntas de su tiempo para responder con profundidad. La renovación que impulsó nacía de su confianza en el Evangelio y en la acción del Espíritu Santo.


¿Cómo cambió la vida de la Iglesia?

La importancia del Vaticano II se aprecia mejor cuando sus documentos se relacionan con la experiencia cotidiana de los creyentes.


Una participación más consciente en la liturgia. La constitución Sacrosanctum Concilium promovió la participación plena, consciente y activa de los fieles. Abrió un mayor espacio a las lenguas propias de cada pueblo y dispuso una presencia más abundante de la Sagrada Escritura en las celebraciones. La reforma posterior desarrolló estas orientaciones. Por precisión histórica, el Concilio no abolió el latín: contempló su conservación y, al mismo tiempo, amplió las posibilidades de utilizar las lenguas vernáculas.


Una mayor conciencia de la responsabilidad de todos los bautizados. Lumen gentium presentó a la Iglesia como Pueblo de Dios, profundizó en la responsabilidad de los obispos en comunión con el papa y destacó la vocación de los laicos. La llamada a la santidad alcanza a todos: también se vive en el matrimonio, la profesión, la educación y el servicio a la sociedad. Para un universitario, esto tiene consecuencias muy concretas: su formación y su trabajo son lugares donde puede responder a su vocación cristiana.


Un renovado impulso al encuentro con la Biblia. Dei Verbum profundizó en la revelación y en la relación entre Escritura, Tradición y magisterio. Recomendó que los fieles tuvieran amplio acceso a la Biblia y la leyeran con frecuencia. Ese impulso fortaleció la formación bíblica y la presencia de la Palabra de Dios en la vida pastoral.


Una relación más dialogante con la sociedad. Gaudium et spes abordó la dignidad humana, la familia, la cultura, la economía, la política y la paz. Su planteamiento vinculó la misión de la Iglesia con las alegrías y los sufrimientos de la humanidad. Las condiciones de trabajo, la pobreza o la responsabilidad pública también interpelan la conciencia cristiana.


Un reconocimiento explícito de la libertad religiosa y un nuevo impulso al diálogo. Dignitatis humanae afirmó el derecho de las personas a estar libres de coacción en materia religiosa, dentro de los límites debidos. Nostra aetate alentó el respeto y el diálogo con otras religiones y rechazó el antisemitismo. En su relación con el judaísmo, precisó que la pasión de Cristo no puede atribuirse indiscriminadamente a todos los judíos de entonces ni a los de hoy. Estas enseñanzas tuvieron una profunda repercusión en la manera de encontrarse con quienes profesan otras creencias.


¿Por qué sigue siendo tan importante?

El Vaticano II ofreció una orientación de conjunto para la vida de la Iglesia: cómo se comprende a sí misma, cómo celebra, cómo forma a sus miembros y cómo se relaciona con los demás. Por eso su alcance excede los cambios más visibles en la misa.


También dejó una tarea que cada generación debe asumir. Participar en la Iglesia supone formarse, discernir y hacerse responsable de la misión recibida. La vida cristiana compromete las decisiones de todos los días, incluidas las que se toman en una empresa, un salón de clases o una institución pública.


Para una comunidad educativa como Anáhuac Online, esta perspectiva tiene gran relevancia. Invita a pensar la formación profesional junto con la dignidad de la persona, el bien común y el sentido del trabajo. Conocer más y desarrollar habilidades adquiere una dimensión más amplia cuando nos preguntamos a quién sirve lo que hacemos y qué efectos tiene sobre los demás. Es una aplicación educativa de la visión de la persona y de la responsabilidad social desarrollada por el Concilio.


¿Por qué Juan XXIII es santo?

La canonización expresa que la Iglesia reconoce en una persona un testimonio de vida cristiana que puede proponer a todos los fieles como ejemplo e intercesor. En Juan XXIII, ese reconocimiento comprende su fe, su oración, su caridad pastoral y su disposición a dejarse conducir por Dios.


Fue beatificado por Juan Pablo II el 3 de septiembre de 2000 y canonizado por Francisco el 27 de abril de 2014, junto con Juan Pablo II. Para su canonización, Francisco dispensó el requisito de un segundo milagro.


En la homilía de aquella celebración, Francisco destacó su docilidad al Espíritu Santo, particularmente al convocar el Concilio. Su santidad permite comprender la raíz espiritual de una decisión que tuvo enormes consecuencias históricas: Juan XXIII se entendía como un pastor llamado a escuchar y servir.


Su memoria litúrgica se celebra el 11 de octubre, aniversario de la inauguración del Vaticano II. La fecha vincula su recuerdo con la obra que puso en marcha y que no alcanzó a ver concluida.



La grandeza de comenzar

Juan XXIII murió antes de que se promulgaran los documentos conciliares. Pablo VI asumió la responsabilidad de continuar los trabajos y llevarlos a término. Ese relevo forma parte de la grandeza del acontecimiento: una obra de tal alcance necesitó la iniciativa de uno, la perseverancia de otro y la participación de la Iglesia reunida.


En esa historia hay una lección sobre el ejercicio de la autoridad. Quien sirve a una institución debe saber reconocer lo que ha recibido, pero también hacerse responsable de su futuro. A veces eso exige comenzar algo cuyos frutos corresponderá recoger a otros.


Del llamado “papa de transición” seguimos hablando por lo que se atrevió a iniciar. Su pontificado fue breve. La tarea que dejó abierta sigue convocando a la Iglesia.