Entre prohibir y educar: El verdadero reto del uso de IA

Jan 19, 2026

Por: Galit Wohlmuth

Hoy quiero compartir una experiencia personal que, aunque incómoda, refleja una problemática que muchas universidades están enfrentando.

 

Actualmente curso una maestría en Comunicación Intercultural. En una de las materias del trimestre, desarrollamos un plan de comunicación enfocado en el cambio social. Como lo he hecho siempre—y como promovemos dentro este espacio—utilicé la IA de manera estratégica: para lluvia de ideas, estructurar el borrador para que, posteriormente, redacte y desarrolle el proyecto con mi propio criterio. También recurrí a herramientas de IA para corrección ortográfica y edición de estilo, algo que hemos discutido ampliamente en ediciones anteriores como un uso responsable y formativo.

 

Sin embargo, el resultado fue inesperado: una mala calificación, sin retroalimentación clara, bajo el argumento de que la IA no debía utilizarse de ninguna forma. A pesar de presentar evidencias de mi proceso de trabajo y de que otras materias dentro del mismo programa manejan políticas distintas sobre el uso de IA, no hubo espacio para el diálogo ni para una revisión crítica del criterio de evaluación.

 

Lo más preocupante no fue la calificación en sí, sino lo que reveló la situación:

–      Políticas institucionales poco claras o contradictorias.

–      Decisiones docentes basadas en herramientas de detección de IA que no son infalibles.

–      Falta de criterios compartidos entre profesores, coordinaciones y universidades.

–      Y, quizás lo más grave, la afectación directa a la credibilidad académica del estudiante.

 

Esta experiencia fue profundamente desalentadora. Especialmente al saber que otros estudiantes, con un uso mucho más intensivo y extensivo de IA, obtuvieron mejores resultados. Prohibir la IA no evitó la deshonestidad académica; solo la invisibilizó.

 

La pregunta ya no es si la IA debe incorporarse en la educación superior. Esa conversación quedó atrás. La verdadera pregunta es cómo lo hacemos, con qué criterios, con qué acompañamiento y con qué preparación institucional.

 

Prohibir no es educar. Educar implica enseñar a usar, cuestionar, contrastar y reflexionar. Las universidades necesitan, con urgencia, políticas claras, coherentes y compartidas que protejan la integridad académica sin frenar la innovación ni el pensamiento crítico.



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